miércoles, 14 de enero de 2015

Alvaro Matute Aguirre: maestro y amigo.

A sus  70 años:  Los Espirituales de Álvaro Matute




Abril 19 de 2013

Este 19 de abril celebramos setenta años de vida de uno de los pilares de la investigación historiográfica en nuestro país y modelo de universitario, orgullo de la Universidad Nacional Autónoma de México, y glosando al gran Carlos Fuentes cuando califica a la UNAM, podemos también decir sin pecar de exceso retórico que Álvaro Matute es “el alma de la Historia en México”.
Esto no lo digo solo por contarme con gran orgullo como su alumno y discípulo, ni presumir que fui su asistente en su célebre cátedra de introducción a la Historia (donde fui más oyente que suplente), ni por considerarlo  mi “maestro y amigo” como decía don Edmundo O´Gorman de José Gaos. Nos vincula más que el cumpleaños común, el gusto por la Historia, siendo a su vez él mismo mi “espiritual” en este campo.     
Sobre esto último, en cada curso de introducción a la Historia, pero incluso con los que nos iniciábamos en el posgrado a don Álvaro le gusta repetir invariablemente esta anécdota de don Edmundo O ‘Gorman que contaba en sus últimas intervenciones públicas,—medio real, medio inventada— en la cual se encontraban dos historiadores en un congreso. Uno le preguntaba al otro acerca de qué estaba investigando, y al indicar el tema, el primero le requería: “Y ¿cuáles son tus materiales?” Don Edmundo cerraba el supuesto diálogo con el comentario: “Por qué no se le ocurre preguntar ¿cuáles son tus espirituales?”
De ahí yo me pregunto: ¿Cuáles son los espirituales de Don Álvaro Matute?
Yo creo sin temor a equivocarme ni de agotarlos que son cinco principales. Y digo sin temor a equivocarme, porque es tal la fuerza con los que nos los transmite que como dice el Dr. Gaos es algo que nos deja “sin posibilidad de solución” a también volvernos a su vez sus alumnos, o hacerlos en términos O´gormianos también “espirituales” nuestros. Paso a enumerarlos:
El primero es el gran José Gaos, ese pensador que cabalga entre la Filosofía y la Historia, discípulo de Heidegger, de lenguaje nada fácil, pero que con su palabra sabrosa Don Álvaro y Evelia nos lo hacen accesible, cercano, amable y admirable. Mi vocación a la Historia se define en su seminario del estudio de su monumental “Historia de nuestra idea del Mundo”, pero también con otros trabajos que nos compartió. De él nos enseña a ser serios, trabajadores, rigurosos y sistemáticos.
El segundo es el gran “zorro” en el sentido de Arquiloco, releído por Tolstoi y presentado por Isaiah Berlin (autores que nos hizo conocer don Álvaro a su vez). Me refiero al imprescindible en sus espirituales: Edmundo O ‘Gorman.  Nos lo da a conocer desde la anécdota vital, hasta lo más profundo de su pensamiento y reflexión histórica.  La agudeza, el ingenio, la discusión, la pasión.  ¿Quien no se enamora de la Historia al estilo de Edmundo O ‘Gorman oyendo a Álvaro Matute?
El tercero es Hayden White, donde don Álvaro al presentarnos su Metahistoria y otros artículos más recientes junto con Evelia nos muestran que el modo de implicación ideológica es uno de los niveles de conceptualización de todo trabajo historiográfico. Don Álvaro nos enseña que White, con apoyo en Karl Mannheim, establece cuatro modos de implicación ideológica: anarquista, radical, liberal y conservador, para con ellos denotar la constitución ideológica de los discursos históricos del siglo XIX. Pero junto con White se nos aparecen Ricoeur, Dilthey y tantos autores, que a los que compartimos con Álvaro y Evelia, nos hacen apasionados y conscientes del discurso histórico que manejamos, para concluir como el mismo Dr. Matute dice y es su forma de hacer Historia:
Al narrar el historiador expone los hechos, interpreta las intenciones, les da sentido, en fin, maneja los acontecimientos de manera que lleguen al lector, no como realmente pasaron, lo cual es imposible, sino como el historiador los recrea a partir de un examen muy cuidadoso no sólo de los materiales primarios, sino de la recomposición que lo lleve a una reconstrucción consciente de sí misma, es decir, con conciencia de que está elaborando un discurso que representa la realidad, una realidad ida sólo recuperable gracias al historiador que la recrea. No es que los hechos hablen por sí solos, como preconizaban los positivistas, porque si no se les despierta, permanecen callados. El historiador debe recuperar la voz de los hechos, para que hablen con la posteridad. Es preciso resaltar, con ironía, los contrastes políticos entre lo que se decía hacer y lo que realmente se hacía. Con ello, y sin nada que parezca sermón, sería posible restaurar una moral de la historia.
El cuarto es uno fundamental, pero tan connatural que a veces nos pasa desapercibido, como bien lo apunto Enrique Krause al pedir al final la palabra durante su homenaje.  ¿Qué sería del quehacer histórico de Álvaro Matute sin Evelia Trejo? Con ella problematiza, anima, impulsa, matiza la actividad de Álvaro Matute historiador.  Es la que hace que el taller del historiador se vuelva lúdico y apasionado. Quién de sus alumnos no comenta con sana envidia: el sueño de todo historiador es tener a su lado a alguien como Evelia que impulse o en su momento ponga freno. Evelia es una mujer noble, muy buena, “de esas que mandan los dioses” como dice Denisse y ella se sube al revolucionario tren de la historia de don Álvaro haciéndolo imparable sin que él se de cuenta. Evelia le enseña a don Álvaro también a “quitar el pie del acelerador” para poder contemplar el paisaje y le exige que juegue en la vida en vez de solo analizarla. Y eso sin contar el gran regalo que le dio en su hija Ana María ahora promotora cultural. ¿Quién de sus alumnos puede imaginar el patio interior del Instituto de Investigaciones Históricas sin esta pareja de historiadores produciendo a media mañana en tiempos de cursos disfrutando su quehacer?
El quinto y último espiritual de Don Álvaro es el cine. De él aprendimos a ver el cine con ojos de historiador, desde Rashomon de Akira Kurosawa, Historia de Lisboa de Wim Wenders, o el documental La neuvième" (2004) de Pierre-Henry Salfati traducido al castellano como “La novena sinfonía: un himno colectivo”, proyección que me hizo entender el papel del historiador de mano del Dr. Matute. Pero sinceramente Álvaro Matute se me hace más una versión paralela, aguda pero  más seria de Woody Allen. A quien admira y nos hace admirar. Pero son muy parecidos en muchos aspectos: críticos, metafóricos, anecdóticos y quien olvidará alguien en esta vida y en la otra la sonrisa “en episodios” de Don Álvaro al contarnos una anécdota o un chiste. Estar en clase con él es como la escena en la película de Woody Allen cuando el protagonista entra en un café de Montmartre en París para dialogar con Hemingway, Picasso, Buñuel, siendo en el caso del Dr. Matute en su narrativa el trasladarnos a dialogar con José Gaos, Edmundo O´Gorman, Eduardo Blanquel, Ramón Iglesias, Luis González y González y otros por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras.
Sean estas mis palabras un pequeño homenaje en su cumpleaños setenta para mi maestro y amigo al que escribo esta ponencia no pronunciada que comparto solo para él, lejos del foro académico pero con gran cariño.
Luis Arturo García Dávalos
Ciudad Universitaria



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