“No estoy en absoluto de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo"
Voltaire
Ante los atentados ocurridos el martes 7 de enero en Francia donde un grupo de terroristas asesinó a 12 periodistas que trabajaban en la publicación de la revista satírica Charlie Hebdo, se ha generado una polémica acerca de si todos somos o no Charlie Hebdo.
El primero en posicionar el tema fue Mario Vargas Llosa en El País, quien dijo que el derecho de expresar alguna idea o posición política no puede ser reprimida de ninguna manera. Debe ser rebatida, argumentada o simplemente demandada cuando se considere insultante o lesivo.
Lo que pretenden con este asesinato colectivo de periodistas y caricaturistas es que Francia, Europa occidental, el mundo libre, renuncie a uno de los valores que son el fundamento de la civilización. No poder ejercer esa libertad de expresión que significa usar el humor de una manera irreverente y crítica significa pura y simplemente la desaparición de la libertad de expresión.
Ese mismo día el periodista David Brooks en The New York Times tituló su columna: "Yo no soy Charlie Hebdo” que El País publicó en español. El argumento central del columnista es que la publicación no hubiera sido vista con buenos ojos tampoco en EU porque habría sido acusada de “incitación al odio”. Dice Brooks que a los periodistas del semanario: "Se les aclama ahora justamente como mártires de la libertad de expresión, pero seamos francos: Si hubiesen intentado publicar su periódico satírico en cualquier campus universitario estadounidense durante las dos últimas décadas, no habría durado ni treinta segundos. Los grupos de estudiantes y docentes los habrían acusado de incitación al odio. La administración les había retirado toda financiación y habría ordenado su cierre".
En México seguramente desde el primer número hubieran sido citados por Ricardo Bucio a la CONAPRED para recibir una recomendación en términos similares.
Volviendo a nuestra reflexión, otro posicionamiento fue el de Víctor Lapuente, también publicado en El País el 10 de enero donde duda “No sé si soy Charlie Hebdo”. Subraya Víctor que la discusión se ha dividido en dos bloques irreconciliables. Los “Yo soy...” que defienden una libertad de expresión sin límites, el derecho a ofender a todo tipo de religión o grupo humano. Y los “Yo no soy.. Charlie Hebdo”, para quienes la coexistencia pacífica en el mundo moderno requiere impedir las expresiones “ofensivas” mediante leyes antidiscriminación y antidifamación más estrictas.
Agrega que hoy “podríamos establecer unos límites perfectos a la libertad de expresión. Unos límites que permiten la sátira, la mofa, pero que filtraran los desagravios que pudieran directamente incitar a la violencia”.
Sin embargo –agrega–tenemos una tercera alternativa: institucionalizar límites, pero no legales, sino profesionales. Límites no fundamentados en normas jurídicas, sino en los códigos éticos de los profesionales; en este caso, de los periodistas.
Yo me sumo a esta postura: Institucionalizar los límites. Y en efecto, cada quien es responsable de lo que publica y predica, incluyendo aquí los modernos púlpitos mediáticos que han sustituido a los púlpitos eclesiásticos.
De entrada, todos repudiamos la acción terrorista, perpetrada por extremistas musulmanes, pero debemos decir también que el tipo de contenidos que publicaba el semanario francés no eran “completamente pertinentes”, para la actualidad política que vive el mundo hoy.
Por otro lado, en un ejercicio de llevar las cosas al absurdo, podríamos preguntarnos: ¿Cuánto tiempo hubiera sobrevivido este semanario si se publicara en nuestro país? ¿Qué pasaría si ridiculizara así de fuerte a los políticos mexicanos como lo hizo con Marine Le Pen al caricaturizarla en su portada rasurándose la vagina? ¿Qué si dijera en su primera plana que la Biblia es una mierda así como lo hizo con el Corán? ¿Cómo reaccionaría la Iglesia Católica si apareciera la Virgen de Guadalupe desnuda y en posición corporal explícitamente humillante?
Al menos quienes parecen no estarla pasando tan mal, son los dueños de Charlie Hebdo, que por fuerte que se lea, han elegido capitalizar su desgracia, y válido o no, las ventas de su revista se incrementaron exponencialmente. De estar acostumbrados a vender 60 mil, hoy han superado los 3 millones de ejemplares y la cuenta sigue.
Concluyo diciendo que pide estar atentos a lo que se dice y se hace. Tener una postura crítica y analítica, separando y valorando lo que se dice y se hace sobre los acontecimientos mediáticos, pues la conciencia ingenua es nuestro principal desafío a superar.
El primero en posicionar el tema fue Mario Vargas Llosa en El País, quien dijo que el derecho de expresar alguna idea o posición política no puede ser reprimida de ninguna manera. Debe ser rebatida, argumentada o simplemente demandada cuando se considere insultante o lesivo.
Lo que pretenden con este asesinato colectivo de periodistas y caricaturistas es que Francia, Europa occidental, el mundo libre, renuncie a uno de los valores que son el fundamento de la civilización. No poder ejercer esa libertad de expresión que significa usar el humor de una manera irreverente y crítica significa pura y simplemente la desaparición de la libertad de expresión.
Ese mismo día el periodista David Brooks en The New York Times tituló su columna: "Yo no soy Charlie Hebdo” que El País publicó en español. El argumento central del columnista es que la publicación no hubiera sido vista con buenos ojos tampoco en EU porque habría sido acusada de “incitación al odio”. Dice Brooks que a los periodistas del semanario: "Se les aclama ahora justamente como mártires de la libertad de expresión, pero seamos francos: Si hubiesen intentado publicar su periódico satírico en cualquier campus universitario estadounidense durante las dos últimas décadas, no habría durado ni treinta segundos. Los grupos de estudiantes y docentes los habrían acusado de incitación al odio. La administración les había retirado toda financiación y habría ordenado su cierre".
En México seguramente desde el primer número hubieran sido citados por Ricardo Bucio a la CONAPRED para recibir una recomendación en términos similares.
Volviendo a nuestra reflexión, otro posicionamiento fue el de Víctor Lapuente, también publicado en El País el 10 de enero donde duda “No sé si soy Charlie Hebdo”. Subraya Víctor que la discusión se ha dividido en dos bloques irreconciliables. Los “Yo soy...” que defienden una libertad de expresión sin límites, el derecho a ofender a todo tipo de religión o grupo humano. Y los “Yo no soy.. Charlie Hebdo”, para quienes la coexistencia pacífica en el mundo moderno requiere impedir las expresiones “ofensivas” mediante leyes antidiscriminación y antidifamación más estrictas.
Agrega que hoy “podríamos establecer unos límites perfectos a la libertad de expresión. Unos límites que permiten la sátira, la mofa, pero que filtraran los desagravios que pudieran directamente incitar a la violencia”.
Sin embargo –agrega–tenemos una tercera alternativa: institucionalizar límites, pero no legales, sino profesionales. Límites no fundamentados en normas jurídicas, sino en los códigos éticos de los profesionales; en este caso, de los periodistas.
Yo me sumo a esta postura: Institucionalizar los límites. Y en efecto, cada quien es responsable de lo que publica y predica, incluyendo aquí los modernos púlpitos mediáticos que han sustituido a los púlpitos eclesiásticos.
De entrada, todos repudiamos la acción terrorista, perpetrada por extremistas musulmanes, pero debemos decir también que el tipo de contenidos que publicaba el semanario francés no eran “completamente pertinentes”, para la actualidad política que vive el mundo hoy.
Por otro lado, en un ejercicio de llevar las cosas al absurdo, podríamos preguntarnos: ¿Cuánto tiempo hubiera sobrevivido este semanario si se publicara en nuestro país? ¿Qué pasaría si ridiculizara así de fuerte a los políticos mexicanos como lo hizo con Marine Le Pen al caricaturizarla en su portada rasurándose la vagina? ¿Qué si dijera en su primera plana que la Biblia es una mierda así como lo hizo con el Corán? ¿Cómo reaccionaría la Iglesia Católica si apareciera la Virgen de Guadalupe desnuda y en posición corporal explícitamente humillante?
Al menos quienes parecen no estarla pasando tan mal, son los dueños de Charlie Hebdo, que por fuerte que se lea, han elegido capitalizar su desgracia, y válido o no, las ventas de su revista se incrementaron exponencialmente. De estar acostumbrados a vender 60 mil, hoy han superado los 3 millones de ejemplares y la cuenta sigue.
Concluyo diciendo que pide estar atentos a lo que se dice y se hace. Tener una postura crítica y analítica, separando y valorando lo que se dice y se hace sobre los acontecimientos mediáticos, pues la conciencia ingenua es nuestro principal desafío a superar.

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