Por estos días ha llegado a cumplirse uno de los
grandes anhelos de mi vida: obtener el grado de doctor en Historia por la UNAM.
A pesar de la mención honorifica, el acontecimiento ha sido vivido con un sabor
agridulce por una fuerte pérdida, de la que como dice Joaquín Sabina “quisiera
reír como lloro por ella”. Pero ayer como orgulloso universitario, asistí al
octavo programa de la OFUNAM en la magnífica sala Nezahualcóyotl,
En la segunda parte del programa interpretaron
de mi tocayo Piotr Illych Tchaikovsy la Sinfonía no. 3 en re mayor “Polaca”,
opus 29. Quedé electrizado y comprendí mi situación existencial como de golpe.
Los motivos me los dan las notas al programa de mano escrito por Roberto Ruiz
Guadalajara y que adjunto.
Comenta que en el Salmo 90,10 leemos: “los
días de nuestra edad son setenta años”. Si le creemos a Platón, Sócrates
pensaba que la vida útil del hombre comenzaba a menguar a partir de esa edad. Dante
Alighieri se hace eco de estas ideas en El
convivio y con base en ellas construye los primeros versos de su Comedia, a
la que Giovanni Boccaccio llamaría “Divina”:
“A
la mitad del camino de nuestra vida
me encontré en una selva oscura…”.
Piotr Illych Tchaikovsky estaba
alcanzando ese punto de su vida en medio de una profunda crisis emocional y
bien podría haber hecho suyas –y las hago mías al obtener el grado de doctor en
Historia- esas palabras cuando comenzó la composición de su Tercera sinfonía en
junio de 1875 y yo al obtener con mérito el grado de doctor.
Dice Tchaikovsky:
Este invierno
he vivido en permanente depresión… y a veces hasta ese grado final en que te
rebelas contra la vida y le darías la bienvenida a la muerte
Escribió por aquel entonces Tchaikovsky
a su hermano Modesto, todavía profundamente afectado por las violentas críticas
hechas por Nicolai Rubinstein, que consideraba incondicional a su persona –la
verdad todos tenemos nuestro Nicolai Rubinstein en la vida-, a su Concierto para piano en si bemol menor
unos meses antes -hoy más famoso concierto para piano de Tchaikovsky-.
En una carta a su maestra Nadezhda von
Meck tres años después del incidente, Tchaikovsky describía la escena en unos
términos todavía cargados de amargura. De esta manera se refería a la
interpretación del primer movimiento por parte de Rubinstein: “¡Ni un solo
comentario! Si supiera lo estúpido de la situación… un hombre que cocina y le
ofrece el plato a un amigo, el cual se lo come en silencio…” Al llegar al final
del movimiento, Rubinstein “opinó que mi concierto era intocable, los pasajes
estaban demasiado fragmentados, difusos, tan mal escritos que necesitaban un
rescate urgente. Para él, el trabajo en sí era malo, vulgar, incluso en pasajes
que había tomado de otros compositores…”
El cúmulo de objeciones continuó hasta
que Tchaikovsky salió de la habitación, persuadido por Rubinstein con la
promesa de tocarlo si modificaba lo necesario. Pero la ofensa sentida por el
compositor fue demasiado grande. Decidió al final no entregar el trabajo a
Rubinstein, borró la dedicatoria al alumno y amigo de éste, Sergei Taneyev, y
la sustituyó por una nueva a un encantado Hans von Büllow, quien estrenó el
concierto en Boston el 25 de octubre de 1875. La obra se volvió tan popular que
hoy en día es difícil entender las críticas de un músico tan inteligente y
cercano a Tchaikovsky como Rubinstein.
El sentimiento, para alguien tan
sensible como Tchaikovsky, tardó mucho en ser superado. Años después comentaba:
“Si no fuera porque estoy siempre trabajando, sucumbiría a la melancolía”,
confió en una carta a su hermano Anatoli. Ese es el estado de animo que permea
tanto el inicio, Tempo de marcia funebre,
del primer movimiento de la sinfonía –que bien podía servir de soundtrack a los primeros versos de la
Comedia de Dante-, como el Andante
elegiaco (caminar quejumbroso o lamentoso) que conforma el tercer
movimiento.
Aun cuando Tchaikovsky pensaba que “No
hay juez peor, más tendencioso y parcial de una obra que su propio creador, al
menos en el momento en que ha terminado su labor” –lo cual suscribo
totalmente-, pensaba con inseguridad que su sinfonía no tenía “ideas
específicamente imaginativas”, pero que técnicamente representaba un paso
adelante. En su pesimismo, o más bien creo en su decepción ante lo que esperaba
de la crítica, llego a comentar a su hermano Modesto. “La prensa, incluido
Laroche, se mostró más bien fría con mi sinfonía”, y no percibió lo que había
escrito realmente Herman Laroche –pianista, compositor, crítico y amigo de
Tchaikovsky; y también todos tenemos un Laroche en la vida que no vemos-, fue:
En la fuerza y
significado de su contenido en la rica variedad de su forma, en la nobleza de
su estilo, dominado por una inventiva personal y diferenciada, en la rara
perfección de su técnica, la sinfonía del Señor Tchaikovsky es uno de los
acontecimientos musicales más importantes… En su nueva sinfonía el desarrollo
contrapuntístico y la pericia formal se encuentran a un nivel más elevado que
en cualquiera de sus obras anteriores.
La Tercera
sinfonía ocupa un lugar especial en las sinfonías de Tchaikovsky (incluida
la Sinfonía Manfredo), entre otros aspectos por ser la única en tonalidad
mayor, por sus cinco movimientos (a diferencia de los cuatro tradicionales, si
exceptuamos la Tercera sinfonía de
Schumann, la Sinfonía fantástica de
Berlioz y, si se quiere la Sexta sinfonía
de Beethoven), porque el cuarto movimiento, aun cuando está señalado como Scherzo (jugueteo), no responde a un
compás ternario sino binario y porque en su quinto movimiento es posible sentir
la fascinación que sobre el compositor comenzaba a ejercer la música para
ballet, pues paralelamente a la sinfonía había iniciado la composición de El lago de los cisnes, su primer ballet
(es bien fácil reconocer en el tema principal del movimiento el último de los
cuatro motivos que conforman el tema del famoso Pas de quatre –paso para cuatro bailarinas-). El carácter
dancístico de muchos de los pasajes llevaría al bailarín y coreógrafo ruso
George Balanchine a tomar los cuatro últimos movimientos de la sinfonía como
base para la tercera parte, Diamonds,
de su ballet, Jewels.
Mi viejo amigo y alma gemela Piotr
Illych Tchaikovsky nos enseña que en la adversidad más profunda que nos
provocan nuestros Rubinstein, debemos ser capaces de escuchar a los Laroche que
nos acompañan. Y también ver una de las paradojas de la vida: en medio de lo
más difícil de la vida, surgen las obras más maravillosas para la humanidad.
Pero cuando vivimos esas situaciones somos incapaces de verlo.

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