domingo, 8 de marzo de 2015

¡¡¡¡Soy un Tchaikovsky y qué!!!!



Por estos días ha llegado a cumplirse uno de los grandes anhelos de mi vida: obtener el grado de doctor en Historia por la UNAM. A pesar de la mención honorifica, el acontecimiento ha sido vivido con un sabor agridulce por una fuerte pérdida, de la que como dice Joaquín Sabina “quisiera reír como lloro por ella”. Pero ayer como orgulloso universitario, asistí al octavo programa de la OFUNAM en la magnífica sala Nezahualcóyotl,
En la segunda parte del programa interpretaron de mi tocayo Piotr Illych Tchaikovsy la Sinfonía no. 3 en re mayor “Polaca”, opus 29. Quedé electrizado y comprendí mi situación existencial como de golpe. Los motivos me los dan las notas al programa de mano escrito por Roberto Ruiz Guadalajara y que adjunto.
Comenta que en el Salmo 90,10 leemos: “los días de nuestra edad son setenta años”. Si le creemos a Platón, Sócrates pensaba que la vida útil del hombre comenzaba a menguar a partir de esa edad. Dante Alighieri se hace eco de estas ideas en El convivio y con base en ellas construye los primeros versos de su Comedia, a la que Giovanni Boccaccio llamaría “Divina”:
“A la mitad del camino de nuestra vida
me encontré en una selva oscura…”.
Piotr Illych Tchaikovsky estaba alcanzando ese punto de su vida en medio de una profunda crisis emocional y bien podría haber hecho suyas –y las hago mías al obtener el grado de doctor en Historia- esas palabras cuando comenzó la composición de su Tercera sinfonía en junio de 1875 y yo al obtener con mérito el grado de doctor.
Dice Tchaikovsky:
Este invierno he vivido en permanente depresión… y a veces hasta ese grado final en que te rebelas contra la vida y le darías la bienvenida a la muerte
Escribió por aquel entonces Tchaikovsky a su hermano Modesto, todavía profundamente afectado por las violentas críticas hechas por Nicolai Rubinstein, que consideraba incondicional a su persona –la verdad todos tenemos nuestro Nicolai Rubinstein en la vida-, a su Concierto para piano en si bemol menor unos meses antes -hoy más famoso concierto para piano de Tchaikovsky-.
En una carta a su maestra Nadezhda von Meck tres años después del incidente, Tchaikovsky describía la escena en unos términos todavía cargados de amargura. De esta manera se refería a la interpretación del primer movimiento por parte de Rubinstein: “¡Ni un solo comentario! Si supiera lo estúpido de la situación… un hombre que cocina y le ofrece el plato a un amigo, el cual se lo come en silencio…” Al llegar al final del movimiento, Rubinstein “opinó que mi concierto era intocable, los pasajes estaban demasiado fragmentados, difusos, tan mal escritos que necesitaban un rescate urgente. Para él, el trabajo en sí era malo, vulgar, incluso en pasajes que había tomado de otros compositores…”
El cúmulo de objeciones continuó hasta que Tchaikovsky salió de la habitación, persuadido por Rubinstein con la promesa de tocarlo si modificaba lo necesario. Pero la ofensa sentida por el compositor fue demasiado grande. Decidió al final no entregar el trabajo a Rubinstein, borró la dedicatoria al alumno y amigo de éste, Sergei Taneyev, y la sustituyó por una nueva a un encantado Hans von Büllow, quien estrenó el concierto en Boston el 25 de octubre de 1875. La obra se volvió tan popular que hoy en día es difícil entender las críticas de un músico tan inteligente y cercano a Tchaikovsky como Rubinstein.
El sentimiento, para alguien tan sensible como Tchaikovsky, tardó mucho en ser superado. Años después comentaba: “Si no fuera porque estoy siempre trabajando, sucumbiría a la melancolía”, confió en una carta a su hermano Anatoli. Ese es el estado de animo que permea tanto el inicio, Tempo de marcia funebre, del primer movimiento de la sinfonía –que bien podía servir de soundtrack a los primeros versos de la Comedia de Dante-, como el Andante elegiaco (caminar quejumbroso o lamentoso) que conforma el tercer movimiento.
Aun cuando Tchaikovsky pensaba que “No hay juez peor, más tendencioso y parcial de una obra que su propio creador, al menos en el momento en que ha terminado su labor” –lo cual suscribo totalmente-, pensaba con inseguridad que su sinfonía no tenía “ideas específicamente imaginativas”, pero que técnicamente representaba un paso adelante. En su pesimismo, o más bien creo en su decepción ante lo que esperaba de la crítica, llego a comentar a su hermano Modesto. “La prensa, incluido Laroche, se mostró más bien fría con mi sinfonía”, y no percibió lo que había escrito realmente Herman Laroche –pianista, compositor, crítico y amigo de Tchaikovsky; y también todos tenemos un Laroche en la vida que no vemos-, fue:
En la fuerza y significado de su contenido en la rica variedad de su forma, en la nobleza de su estilo, dominado por una inventiva personal y diferenciada, en la rara perfección de su técnica, la sinfonía del Señor Tchaikovsky es uno de los acontecimientos musicales más importantes… En su nueva sinfonía el desarrollo contrapuntístico y la pericia formal se encuentran a un nivel más elevado que en cualquiera de sus obras anteriores.
La Tercera sinfonía ocupa un lugar especial en las sinfonías de Tchaikovsky (incluida la Sinfonía Manfredo), entre otros aspectos por ser la única en tonalidad mayor, por sus cinco movimientos (a diferencia de los cuatro tradicionales, si exceptuamos la Tercera sinfonía de Schumann, la Sinfonía fantástica de Berlioz y, si se quiere la Sexta sinfonía de Beethoven), porque el cuarto movimiento, aun cuando está señalado como Scherzo (jugueteo), no responde a un compás ternario sino binario y porque en su quinto movimiento es posible sentir la fascinación que sobre el compositor comenzaba a ejercer la música para ballet, pues paralelamente a la sinfonía había iniciado la composición de El lago de los cisnes, su primer ballet (es bien fácil reconocer en el tema principal del movimiento el último de los cuatro motivos que conforman el tema del famoso Pas de quatre –paso para cuatro bailarinas-). El carácter dancístico de muchos de los pasajes llevaría al bailarín y coreógrafo ruso George Balanchine a tomar los cuatro últimos movimientos de la sinfonía como base para la tercera parte, Diamonds, de su ballet, Jewels.

Mi viejo amigo y alma gemela Piotr Illych Tchaikovsky nos enseña que en la adversidad más profunda que nos provocan nuestros Rubinstein, debemos ser capaces de escuchar a los Laroche que nos acompañan. Y también ver una de las paradojas de la vida: en medio de lo más difícil de la vida, surgen las obras más maravillosas para la humanidad. Pero cuando vivimos esas situaciones somos incapaces de verlo.

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