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| perrohijo abominación de hoy |
Y todo porque el esquema de
interpretación vigente, pensado por el griego de Aristóteles, afirmaba que
todos los hombres como animales –zoon-,
somos iguales, salvo las diferencias que hay y existen producto de la práctica
de las virtudes, que son actos repetidos y sostenidos en favor del bien mayor o
la construcción de la sociedad; mientras que los vicios son actos sostenidos y
repetidos para la destrucción o el mal.
En este mundo aristotélico de las
virtudes se dice que hay virtudes morales, que están referidas a las costumbres
y la convivencia, que llevan al bien común, construcción y convivencia en la
sociedad; y también las virtudes intelectuales que llevan al ennoblecimiento del
hombre y que coinciden con las artes liberales. Por tanto, un hombre que no
cultiva las virtudes queda reducido a una condición humana bestial, común con los
animales. Y concluía Aristóteles, que el Estado y la sociedad tienen la
obligación y el derecho de llevarlo a salir de esa condición de bestialidad.
Podemos concluir que en vista de que el
ser humano por ser racional y vivir en convivencia o comunidad social, puede y
tiene derechos por y para vivir en sociedad; pero al mismo tiempo esto exige
obligaciones que le demanda el hecho de vivir conviviendo con otros humanos –elemento
que se olvida fácilmente-. No así las
bestias o los animales irracionales, que no son capaces de tener derechos, pues
no pueden ejercer obligaciones de convivencia, pues su horizonte de vida se
reduce al instinto básico. La primera conclusión de esto es que es inútil e
imposible hablar de derechos animales y de la naturaleza, por su limitación
racional. Aunque esto no nos exime, en función del bien común como humanos de
proteger y cuidar la naturaleza y los seres que en ella habitan, con los cuales
convivimos.
El tema desde una perspectiva
histórico-filosófica fue desarrollado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial por
un gran humanista mexicano: Edmundo O´Gorman, en un artículo titulado: “Sobre
la Naturaleza Bestial del Indio Americano: Humanismo y Humanidad. Indagación en
torno a una polémica del siglo XVI”.[1]
Don Edmundo inicia de manera categórica: “He
aquí una paradoja singular: no todo hombre es hombre”. Contradiciendo el ideal
ilustrado propuesto por Rousseau y los franceses de que todos los hombres son
iguales.
Y luego explica su provocadora afirmación:
<<Con cuánta frecuencia decimos y leemos de alguno que es inhumano, que
no es hombre; que es un animal, una bestia. Se trata de un ser a quien, pese a
todas las apariencias, le falta algo para ser hombre. A ese tal no le
tributamos todos los signos usuales de reconocimiento de la condición humana. Con
ocasión de, por ejemplo, su muerte, lo enterramos “como a un perro”. Es decir, como
a un animal cuyos despojos sólo por una necesidad profiláctica hacemos
desaparecer en las entrañas de la tierra.>>
Desgraciadamente a 75 años de haber dicho
eso, hoy encontramos hombres más animales
o más bestiales en su actuar de los que hace referencia en esos tiempos
de guerra. Incluso algunos son vistos en la irracionalidad contemporánea como
héroes, tal es el caso de la exaltación de algunos narcotraficantes en los
nuevos “cantares de gesta”, denominados “narco corridos”.
O´Gorman presenta luego la otra gran
contradicción igual de provocadora y escandalizante: “es alarmante la manera humana con que son tratados los animales”.
Y ejemplifica refiriéndose al mundo anglosajón, cuando en este siglo XXI el
fenómeno es global, incluyendo a nuestras empobrecidas sociedades: hay hospitales,
comedores, parques de recreación y hasta peluquerías y casas de modas para los
perros; no es raro, que al morir un caballo de un equipo de equitación se le
rindan honores como si se tratase de uno de los miembros del equipo. Y añado:
cuantas mascotas son tratados mejor que algunos humanos en condición de pobreza
marginal, y los gastos de su manutención no equivalen a la tortilla que comen
diariamente algunos mexicanos. O la indignación que genera una bofetada a un
perro ante la indiferencia por un trato similar hacia algunos seres humanos.
Concluye O´Gorman lapidariamente: “Hombres
bestiales, y bestias humanales. Este doble fenómeno nos advierte que hay una
cierta indeterminación y vaguedad en el concepto de lo humano”.
Hoy es muy difícil, más ahora, definir el
límite entre la bestia y el hombre. Obviamente
que nadie confunde a un pastor alemán con
un guardia de seguridad, ni los jinetes de un equipo de equitación son vistos
como centauros; pero hoy es más agudo este fenómeno: hay una fuerte
tendencia o “propensión de pensar a un
hombre como bestia, o a una bestia como hombre”.
El tema exige más reflexión, y hay gente que ya lo ha hecho, pero en nuestra pereza por pensar y más por leer, ni no lo planteamos, reducidos al sentimentalismo de encontrar a individuos que se conmueven ante la miseria de los animales, indiscriminadamente promoviendo los irracionalmente llamados “derechos de los animales”, llamando héroes a los que buscan casa para gatos, perros y demás fauna. No quiero decir con esto que eso no se haga. Pero aquí hay algo que huele mal, al no ver ni un mayor o al menos el mismo empeño para detener los daños que causa en la sociedad la muerte, la tortura, la violencia, la opresión, la exclusión, la discriminación y el hambre.
El motivo de esta reflexión es expresar
mi rechazo por algo que leí en estos días y me llenó de indignación: “Para los
que visitan mi casa y se quejan de mi mascota: 1.Él vive aquí, tu no; 2. Si no
quieres pelos, aléjate de él; 3. Quiero a mi mascota más que a muchas personas;
4. Para ti es un animal, para mi es parte de mi familia”. Pues a esos tal le
respondo: una casa ni un departamento es un hábitat adecuado para un animal,
pues no fue diseñado para él; no se puede querer a un animal igual que a una
persona y por mucho aprecio que se le tenga, ningún perro, gato o perico estará
a la altura de mi familia para considerarlo igual que a mi padre, madre,
hermanos, amigos o con quien me siento vinculado afectivamente. Es cómodo tener
como familia a gatos y perros, pues siempre el poder de la relación lo mantiene
uno y cuando se dificulta lo dejas en una pensión o lo regalas; y no te exige,
cosa que si pasa con un hijo, amante, amigo, hermano, madre y padre, aunque a veces quisiéramos hacerlo
también.
[1] Edmundo O ́Gorman,
“Sobre la naturaleza bestial del Indio Americano”, en Filosofía
y Letras, no 2, UNAM, Imprenta Universitaria, México 1941, pp.
141-159; 305-315..


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