martes, 21 de julio de 2015

De hombres bestiales y de animales humanizados: una contradicción de la sociedad actual

perrohijo abominación de hoy
La sociedad actual lejos de evolucionar, con la globalización que vivimos, vemos una contradicción que se nos hizo presente ya en otro momento de mundialización: el siglo XVI. En ese entonces, al surgir en el panorama lo que luego llamamos América, se hizo presente una nueva forma de ser humano: la indígena. Donde el debate no era –como afirma la leyenda negra- sobre sí estos eran animales o no, sino el grado de humanización presente en esas culturas originarias.

Y todo porque el esquema de interpretación vigente, pensado por el griego de Aristóteles, afirmaba que todos los hombres como animales –zoon-, somos iguales, salvo las diferencias que hay y existen producto de la práctica de las virtudes, que son actos repetidos y sostenidos en favor del bien mayor o la construcción de la sociedad; mientras que los vicios son actos sostenidos y repetidos para la destrucción o el mal.

En este mundo aristotélico de las virtudes se dice que hay virtudes morales, que están referidas a las costumbres y la convivencia, que llevan al bien común, construcción y convivencia en la sociedad; y también las virtudes intelectuales que llevan al ennoblecimiento del hombre y que coinciden con las artes liberales. Por tanto, un hombre que no cultiva las virtudes queda reducido a una condición humana bestial, común con los animales. Y concluía Aristóteles, que el Estado y la sociedad tienen la obligación y el derecho de llevarlo a salir de esa condición de bestialidad.

Podemos concluir que en vista de que el ser humano por ser racional y vivir en convivencia o comunidad social, puede y tiene derechos por y para vivir en sociedad; pero al mismo tiempo esto exige obligaciones que le demanda el hecho de vivir conviviendo con otros humanos –elemento que se olvida fácilmente-.  No así las bestias o los animales irracionales, que no son capaces de tener derechos, pues no pueden ejercer obligaciones de convivencia, pues su horizonte de vida se reduce al instinto básico. La primera conclusión de esto es que es inútil e imposible hablar de derechos animales y de la naturaleza, por su limitación racional. Aunque esto no nos exime, en función del bien común como humanos de proteger y cuidar la naturaleza y los seres que en ella habitan, con los cuales convivimos.

El tema desde una perspectiva histórico-filosófica fue desarrollado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial por un gran humanista mexicano: Edmundo O´Gorman, en un artículo titulado: “Sobre la Naturaleza Bestial del Indio Americano: Humanismo y Humanidad. Indagación en torno a una polémica del siglo XVI”.[1]

Don Edmundo inicia de manera categórica: “He aquí una paradoja singular: no todo hombre es hombre”. Contradiciendo el ideal ilustrado propuesto por Rousseau y los franceses de que todos los hombres son iguales.

Y luego explica su provocadora afirmación: <<Con cuánta frecuencia decimos y leemos de alguno que es inhumano, que no es hombre; que es un animal, una bestia. Se trata de un ser a quien, pese a todas las apariencias, le falta algo para ser hombre. A ese tal no le tributamos todos los signos usuales de reconocimiento de la condición humana. Con ocasión de, por ejemplo, su muerte, lo enterramos “como a un perro”. Es decir, como a un animal cuyos despojos sólo por una necesidad profiláctica hacemos desaparecer en las entrañas de la tierra.>>

Desgraciadamente a 75 años de haber dicho eso, hoy encontramos hombres más animales  o más bestiales en su actuar de los que hace referencia en esos tiempos de guerra. Incluso algunos son vistos en la irracionalidad contemporánea como héroes, tal es el caso de la exaltación de algunos narcotraficantes en los nuevos “cantares de gesta”, denominados “narco corridos”.

O´Gorman presenta luego la otra gran contradicción igual de provocadora y escandalizante: “es alarmante la manera humana con que son tratados los animales”. Y ejemplifica refiriéndose al mundo anglosajón, cuando en este siglo XXI el fenómeno es global, incluyendo a nuestras empobrecidas sociedades: hay hospitales, comedores, parques de recreación y hasta peluquerías y casas de modas para los perros; no es raro, que al morir un caballo de un equipo de equitación se le rindan honores como si se tratase de uno de los miembros del equipo. Y añado: cuantas mascotas son tratados mejor que algunos humanos en condición de pobreza marginal, y los gastos de su manutención no equivalen a la tortilla que comen diariamente algunos mexicanos. O la indignación que genera una bofetada a un perro ante la indiferencia por un trato similar hacia algunos seres humanos.

Concluye O´Gorman lapidariamente: “Hombres bestiales, y bestias humanales. Este doble fenómeno nos advierte que hay una cierta indeterminación y vaguedad en el concepto de lo humano”.
Hoy es muy difícil, más ahora, definir el límite entre la bestia y el hombre.  Obviamente que nadie confunde a un pastor alemán  con un guardia de seguridad, ni los jinetes de un equipo de equitación son vistos como centauros; pero hoy es más agudo este fenómeno: hay una fuerte tendencia  o “propensión de pensar a un hombre como bestia, o a una bestia como hombre”.

El tema exige más reflexión, y hay gente que ya lo ha hecho, pero en nuestra pereza por pensar y más por leer, ni no lo planteamos, reducidos al sentimentalismo de encontrar a individuos que se conmueven ante la miseria de los animales, indiscriminadamente promoviendo los irracionalmente llamados “derechos de los animales”, llamando héroes a los que buscan casa para gatos, perros y demás fauna. No quiero decir con esto que eso no se haga.  Pero aquí hay algo que huele mal, al no ver ni un mayor o al menos el mismo empeño para detener los daños que causa en la sociedad la muerte, la tortura, la violencia, la opresión, la exclusión, la discriminación y el hambre.

El motivo de esta reflexión es expresar mi rechazo por algo que leí en estos días y me llenó de indignación: “Para los que visitan mi casa y se quejan de mi mascota: 1.Él vive aquí, tu no; 2. Si no quieres pelos, aléjate de él; 3. Quiero a mi mascota más que a muchas personas; 4. Para ti es un animal, para mi es parte de mi familia”. Pues a esos tal le respondo: una casa ni un departamento es un hábitat adecuado para un animal, pues no fue diseñado para él; no se puede querer a un animal igual que a una persona y por mucho aprecio que se le tenga, ningún perro, gato o perico estará a la altura de mi familia para considerarlo igual que a mi padre, madre, hermanos, amigos o con quien me siento vinculado afectivamente. Es cómodo tener como familia a gatos y perros, pues siempre el poder de la relación lo mantiene uno y cuando se dificulta lo dejas en una pensión o lo regalas; y no te exige, cosa que si pasa con un hijo, amante, amigo, hermano, madre  y padre, aunque a veces quisiéramos hacerlo también.


[1] Edmundo O ́Gorman, “Sobre la naturaleza bestial del Indio Americano”, en Filosofía y Letras, no 2, UNAM, Imprenta Universitaria, México 1941, pp. 141-159; 305-315..

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